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giovedì 15 gennaio 2026

Il grande piano

 Il grande piano del topo si realizzò quel giorno di pioggia battente; gonfiata una nuvola di palloncini, si levò in volo seguito dal gatto vigile.

"Che sciocco," pensò questo "toccherà il soffitto e ricadrà giù."

Ma il gatto non conosceva il grande piano del topo, che continuò il suo volo guardando tutta la stanza verde, godendosi ogni istante fino all'ultimo palloncino. 

Scritta e disegnata in un giorno di pioggia, tra una lettura ed un tè.




The mouse’s grand plan came to life that day of heavy rain; after inflating a cloud of balloons, it soared into the air, followed closely by the watchful cat.

"What a fool," thought the cat. "It’ll hit the ceiling and come crashing down."

But the cat didn’t know about the mouse’s grand plan. The mouse kept flying, taking in the whole green room, savoring every moment until the very last balloon.

Written and illustrated on a rainy day, between a book and a cup of tea.


martedì 11 giugno 2024

El Atardecer de Sebastiano

Nápoles, 1 de septiembre de 1764

La habitación yace en la penumbra. Solo un hilo de luz corta el suelo, atreviéndose hacia los pies de un escritorio. Encima un montonazo de hojas, muchísimos garabatos, fetos de obras maestras en paciente espera.

Pero el creador duerme y no hace ninguna señal de despertarse. Cansado bajo el peso de los años, en aquella cama cada vez más grande y hostil.

«Caballero, despierte… Caballero…»

Una voz y una mano llegan a atormentarle, obligándole a abrir los ojos: se trata de Placido, el exuberante discípulo siciliano, con un pie en el arte y otro en la Nápoles que cuenta. El chico había entendido que el artista no vive de solo cuadros, sino de reverencias, saludos y relaciones. Aquellas capaces de procurarte una comisión, como pintar al fresco el interior de una básilica, o hacer un retrato a algún noble o…

«Caballero, Monseñor Mauri ha confirmado la cita de hoy.

Y a la duquesa de Parma, de visita al Príncipe de Torre Annunziata, le agradaría conocerle a Usted. Imagino para un retrato. Y luego está el asunto del Santuario de Pozzano, y…»

«Agua» consiguió pronunciar, persiguiendo las palabras como a un oasis en el desierto.

«Agua» repitió tonto Placido, luego salió rápidamente de la habitación para volver a entrar un momento después con una jarra llena y una copa.

«Beba, Caballero, y perdone si le he despertado, pero los preparativos para todos los nobles invitados son muchos y…»

Con un gesto con la mano, el maestro dio la señal de que no importaba, imposible decir si se refería a la ofensa del brusco despertar o a los muchos nobles invitados que estaban a punto de asaltar su día.

Cogió la copa que se le ofrecía acabándola en dos largos tragos, entonces dijo a Placido que echara más agua, y el sonido argentino del líquido le pareció la melodía más hermosa que jamás había escuchado.

«Tiene mucha sed, esta mañana…»

El maestro se secó la barba de las gotas de agua que la perlaban. Quitó las sábanas y posó el primer pie en el suelo. La fatiga le costó un suspiro. Placido le ofreció rapidamente el brazo, y así consiguió levantarse.

El día prometía ser interminable, y no sólo por los numerosos invitados no deseados: hombres y mujeres que todo lo eran menos que menos interesados en el arte. En realidad, lo que anhelaban era el nombre, el suyo; acapararse una obra de Sebastiano Conca, no importaba cuál y de que tamaño, procuraría prestigio a la familia de turno.

En su cincuenta y tantos años de carrera había trabajado por cuenta de Papas, Príncipes y Princesas. Mucha y tal su habilidad, para hacerle merecer el título de Caballero, que no había dudado en aprovechar, en otra época de su vida, para abrir puertas y portales. Siempre, se decía, en nombre del arte, para recortarse los espacios necesarios en su experimentación.

Vanidad, de eso se había tratado en realidad, ahora de Viejo se daba cuenta, en su grande y bella casa de Nápoles, con la ropa elegante que vestía a menudo y sin necesidad.

Pero nunca jamás. Algo había cambiado en él, desde hace unos días, pero hoy notaba una ruptura definitiva, la misma idéntica sensación que en pasado lo había empujado a abandonar obras que de otra forma estarían acabadas.

Había, en él, un cansancio raro, no solo en su cuerpo sino por las cosas. Las paredes de la habitación le parecían las de una prisión. El recorrido desde la habitación hasta el comedor era interminable y tedioso. Las cosas no mejoraron durante el desayuno: prácticamente no tocó la comida. Una vez en el estudio, apenas miró sus últimos dos cuadros terminados, uno de los dos ya adquirido por los Reales de España, una Virgen con un niño que resplandecía luz Rococó que había caracterizado aquellos últimos años napolitanos.

«Caballero, deseo mostrarle mi último trabajo: una Magdalena a imagen y semejanza de nuestra buena cocinera Francesca.»

El viejo maestro miró la pintura: magistralmente ejecutada, y con otra disposición de ánimo era digno sin falta de admiración.

«Trabajo excelente, nada que decir,» y dejando correr los dedos a lo largo de los bordes del lienzo, «tus practicas terminan hoy.»

Aquellas palabras, esperadas desde hace años, aturdieron a Placido: «Caballero, Usted me hace un gran honor…».

«Ningún honor. Si no recuerdo mal, deseas volver a Sicilia. Escribiré para ti una carta dirigida a unos conocidos míos. De este modo, nada más llegar, tendrás de qué trabajar».

«¡Muchísimas gracias, Caballero!»

«Ya basta de llamarme “Caballero”: la palabra es vieja, quizás más que yo. Diles a nuestros ilustres invitados que los recibiré esta tarde a las cuatro.»

Aun trastornado por la noticia, Placido se despidió del maestro y se marchó corriendo, encargando a dos siervos la tarea de entregar el mensaje, y atendió él mismo a la Duquesa, una mujer hermosa.

Por fin solo, antes de todo, Sebastiano escribió tres cartas, más o menos iguales pero dirigidas a personas diferentes, notables sicilianos que ayudarían a Placido a construirse un nombre. Entonces, libre de otros cometidos, se dejó caer en la silla donde amaba meditar, entre un trabajo y otro, y en que había concebido algunas de sus mejores obras.

Cerró los ojos, listo a acoger el mundo lleno de sus recuerdos. Cosa rara, no vio para ninguno de los personajes pequeños y grandes que había encontrado durante su larga vida. Ningún castillo, o iglesia o palacio les abrió las puertas. Nada de todo esto.

Volvió a ver una calle: estrecha y de tierra batida, esta subía serpenteando por la cima de una colina. Allí arriba a mitad del camino había una casa, graciosa y simple, tan diferente de la pomposidad en que había vivido. Aquella era su casa ancestral, el lugar donde había nacido y crecido. Volvió a verse, de niño, bajar la colina hacia el frondoso bosque de encinas un poco más al norte, que con sus abundantes dedos de hojas acariciaba la maravillosa playa de San Agustín. Allí solía pasar el largo tiempo de los sueños, esbozando en la arena el perfil de las olas, de las gaviotas, de los barcos lejanos de los pescadores… Así ocupaba el tiempo, o era el tiempo que le ocupaba a él.

Una mañana, sintiéndose particularmente inspirado, el pequeño Sebastiano no se había conformado con hacer y deshacer los dibujos de siempre sino, armado de tintas naturales con que colorar la arena, se había puesto en la cabeza el crear una auténtica pintura: aun no sabía que era lo que iba a pintar, pero se había obstinado en hacerlo. Un buen primer paso para cualquier artista en ciernes.

Primero, juntó la arena y las tintas, obteniendo varios colores: blanco, amarillo, naranja, rojo, morado, azul, negro. ¿Pero qué dibujar? Estaba tan absorto en la meditación, con la mirada perdida en la arena, cuando de repente vio unos pies descalzos acercarse: era una mujer hermosa y un poco salvaje, con el pelo negro muy largo, los ojos verde esmeraldas y pálida como la luna. Llevaba un largo vestido azul y bastante chafado. Tenía que venir del mar, porque tanto el pelo como el vestido goteaban vistosamente. A pesar del aspecto un poco inadecuado, la mujer tenía alrededor suyo una extraña aura, que animó a Sebastiano a levantarse, con los puños aun apretado en la arena que dejaba escurrir, lentamente, recreando el eterno fluir del tiempo.

La mujer se detuvo a una cierta distancia de él y se quedó observándole. Sebastiano no sabía decir cuánto tiempo pasó, pero al rato, mirando al suelo, se dio cuenta de haber terminado su retrato: era ella, aquella mujer, que lo miraba con extraordinaria intensidad a través de dos ardientes ojos de arena.

En el tiempo de volver a levantar la mirada, la señora había desaparecido. Había unas huellas que, lentas, conducían al bosque. Sebastiano las siguió, sin entender el motivo, pero sintiéndose atraído por la inevitable llamada del destino.

Llegó ante cinco encinas enroscadas, y que el ingenio del hombre había moldeado convirtiéndola en una acogedora cabaña. Después de un momento de duda, Sebastiano entró por la pequeña puerta entrecerrada.

Adentro, en la semioscuridad de su habitación, se vio a sí mismo, viejo y diminuto en la amplia cama con dosel que había acogido la medida de su gloria mortal. Allí estaba Placido, y el Monseñor, y la Duquesa de Parma, y otros rostros que no distinguía en las sombras. Pero, sobre todo, en un rincón de la habitación, sin que nadie la viera, estaba ella. Sin cambios, con un charco de agua a sus pies que, gota tras gota, se alargaba cada vez más.

«Has vuelto» le dijo sonriendo con una extraña y melancólica sonrisa.

«Sí» le contestó el niño, aceptando la mano suave y mojada que la señora le tendía y que ya una vez, al principio de su camino, había tocado.

«Ven conmigo, te enseño el tesoro del que te hablé ese día.»

La puerta de la habitación se abrió, revelando un atardecer de extraordinaria hermosura, el sol lento que se sumergía en el mar, estriando el cielo de miles de colores, creando maravillosos juegos de luz entre las dunas de arena.

Aquella era la playa de su juventud, donde en su orilla había coleccionado sueños como conchas y construido, grano tras grano, el castillo de su propia vida. Que ahora fluía lejos, como la arena que escurre entre las manos, volviendo al más grande tesoro de la creación.

Sebastiano cerró los ojos, dejándose capturar por el infinito.

Y fue el más rico entre los hombres.

Dedicado a Sebastiano Conca, ilustre pintor de Gaeta, cuya casa ancestral aun es visible hoy en día en la colina que mira hacia la Playa de San Agustín.

Jason R. Forbus


Si te gustó este cuento corto, echa un vistazo al libro "La senda de los dioses: líricas y cuentos de la Ribera de Ulises" de Jason R. Forbus.

mercoledì 29 marzo 2023

Gaeta tra fantascienza e umorismo: un racconto breve

Gaeta, una tranquilla cittadina del basso Lazio, non era mai stata al centro di eventi così straordinari. I suoi tre mausolei, a lungo considerati tombe monumentali, si sarebbero rivelati da lì a poco dei pozzi stellari, voragini sullo spazio-tempo che da Gaeta conducevano ad altri mondi.

Ovviamente nessuno in città poteva anche lontanamente immaginare qualcosa di tanto assurdo. Il solo a saperne qualcosa era il guardiano dei pozzi stellari, un assistente scolastico dai modi un po' stralunati che passava la maggior parte del suo tempo a parlare con il distributore automatico di caffè, emettendo strani suoni che solo un orecchio attento e galatticamente preparato avrebbe potuto riconoscere come un dialetto di Mercurio.


Gaeta era in realtà un porto stellare, l'unico vero motivo per il quale la NATO d'accordo con la base ENI si ostinava a mantenere presidi in città. La grande nave ormeggiata a Gaeta Vecchia serviva da specchietto per le allodole, mentre agenti segreti della CIA conducevano ricerche nei sotterranei della città, molto più antichi di quanto gli storici locali e le vecchie mappe del genio militare borbonico avessero mai descritto...

Ma l'evento che avrebbe definitivamente sconvolto la comunità gaetana sarebbe avvenuto da lì a breve. La Montagna Spaccata, una formazione rocciosa che aveva resistito ai secoli, iniziò a liquefarsi come argilla, costringendo i venditori ambulanti e i preti del Santuario della Trinità a una fuga precipitosa. Al suo posto andava emergendo un'altissima torre, ben più alta del campanile della Cattedrale e del Comune; era costruita in un metallo alieno, nero come la notte, e terminava allargandosi come la sommità di un imbuto.

In un lampo, una saetta lacerò il cielo altrimenti sereno e sgombro di nubi, e un tuono ipersonico fece tremare la terra: un vapore violaceo iniziò a strisciare fuori dal pozzo, e attraverso il vapore emerse una figura a bordo di una moto spaziale: era il Generale di Saturno, Lucio Munazio Planco in persona!

La scena lasciò tutti i cittadini di Gaeta senza parole. Nessuno riusciva a credere ai propri occhi. Qualcuno dimenticò persino che la Pasqua era alle porte e che presto avremmo mangiato il tortano. Ma la cosa più sorprendente di tutte fu il Generale, che si rivelò un tipo decisamente simpatico e alla mano. Invece di parlare del suo pianeta o della sua missione in latino, l'unica lingua terrestre che conosceva, si fece portare subito un piatto tipico per saggiare il grado di civiltà raggiunto dai terrestri: qualcuno, non diciamo chi per non fare pubblicità occulta, gli porse una tiella di polpi.

"Non ci posso credere!" esclamò il Generale Planco, che sembrava in estasi. "La notizia della nostra vittoria sui Polpi di Giove mi ha preceduto. Grazie per il graditissimo omaggio, questa tiella è il massimo. Devo portare la ricetta a Saturno!".
Giubilo e tripudio che nemmeno il matrimonio di Re Ladislao.
La giornata si concluse con una passeggiata sopra il Colle dove tutti, il Generale incluso, snocciolarono aneddoti gustosi sugli ultimi duemila anni di storia della città.

Jason R. Forbus
tra una e-mail e l'altra questo 29 marzo 2023 a Gaeta

domenica 5 aprile 2020

Ossian incontra San Patrizio


tratto da The Mythology of the British Isles di Charles Squire, traduzione di Jason R. Forbus

Alla fine raggiunsero la "Terra della Giovinezza" e lì Ossian dimorò con Niamh per trecento anni e in grande lietezza - finché un giorno, all'improvviso, ricordò Erin e i Feniani. Allora, nel suo cuore crebbe grande il desiderio di rivedere il suo paese e la sua gente. A malincuore, Niamh gli diede il permesso di partire donandogli un destriero fatato per il lungo e pericoloso viaggio. Una cosa sola gli fece giurare: di non lasciare che i suoi piedi nudi toccassero il terreno. Ossian promise, e raggiunse l'Irlanda sulle ali del vento. Una volta arrivato trovò che tutto era cambiato. Chiese subito di Finn e dei Feniani, e gli fu detto che quei nomi appartenevano a persone che avevano vissuto molto tempo fa e le cui gesta erano scritte in libri antichi. La battaglia di Gabhra era stata combattuta e San Patrizio era giunto in Irlanda, dove aveva reso tutto nuovo. Le forme stesse degli uomini erano cambiate; sembravano nani rispetto ai giganti dei suoi tempi. Vedendone trecento tentare invano di sollevare una lastra di marmo, si avvicinò loro con sprezzante gentilezza e la sollevò con una mano. Ma, mentre lo faceva, la sella dorata si spezzò per lo sforzo e Ossian cadde da cavallo, toccando la terra con i piedi. Il cavallo fatato svanì e Ossian si alzò da terra, non più divinamente giovane, biondo e forte, ma un vecchio cieco, con i capelli grigi e avvizzito.

Numerose ballate narrano come Ossian, ormai ancorato al suolo per via della sua età venerabile, incapace di provvedere a se stesso, fu accolto da San Patrizio nella sua casa affinché si convertisse al dio-Cristo. Il santo gli dipinse nei colori più vivaci il paradiso, che sarebbe stato suo se solo si fosse pentito, e nelle tinte più fosche l'inferno dove ora languivano i suoi compagni di un tempo. Ossian rispose alle argomentazioni e minacce del santo in un linguaggio straordinariamente schietto. Non riusciva a credere che le porte del paradiso sarebbero rimaste chiuse se i Feniani avessero voluto entrarvi, o che Dio stesso non sarebbe stato orgoglioso di avere Finn come amico. E se così non fosse stato, che bene gli avrebbe fatto la vita eterna senza la possibilità di cacciare, corteggiare belle donne e ascoltare la musica e le canzoni dei bardi?
No, lui avrebbe raggiunto i Feniani: che sedessero intorno a un fuoco o dentro di esso. E così morì come aveva vissuto.


scritti dal traduttore, Jason R. Forbus:




mercoledì 13 febbraio 2019

The City of Hankaponk

My 3 year-old son has built a city, which he's named "Hankaponk" (pardon my poor spelling).

In this city, fires may start at any moment, T-Rex incursions are an everyday occurrence, and monster trucks occasionally hunt puppies, but thanfully the lizard patrol is always ready for rescue.

When the day ends, the city vanishes into the toy bag. T-Rex, puppies, monster trucks, they're all good friends, really. Their job is the finest in the world: develop a child's imagination, one of the qualities that define us as humans. Another day well-earned, another tiny story woven in the fabric of the universe.

giovedì 25 gennaio 2018

#FinisTerrae

Per Giggin o' piscatur la fine del mondo era il porto di Pozzuoli. Qui, in una giornata particolarmente pescosa, tirò su un polipo di bauxite.
I polipi di bauxite erano creature straordinariamente intelligenti e, se cucinate a dovere, una vera prelibatezza. La loro creazione si doveva alla dispersione in mare di fusti radioattivi, gentile concessione della vicina centrale sul Garigliano.
Tutti a gridare allo scandalo, al disastro ambientale, e invece gli atomi avevano restituito al mare mostri, creature fantastiche e fenomeni soprannaturali, in breve la sua ragion d'essere luogo inesplorato, l'ultimo, autentico finis terrae in un mondo che non celava più misteri.
Ma a Gigino queste considerazioni romantiche non importavano granché. Aveva una famiglia numerosa da sfamare: un gatto, un cane, un pappagallo del Sud America e lo Stato.
Così, prima di raggiungere il mercato del pesce e contrattare, volle assicurarsi che il polipo fosse sulla sua stessa lunghezza d'onda.
"Uè ma tu si propr strunz" gli rispose questi dal fondo del secchiello, evidentemente contrariato dalla fine ingloriosa che l'attendeva.
La lingua lunga del polipo non prometteva nulla di buono, così Gigino pensò bene di avviarsi fino ad Amalfi, rinomata località turistica frequentata da stranieri facoltosi. Qui, il disgraziato polipo mise in scena la sua migliore commedia napoletana, purtroppo senza esito con il turista russo che lo comprò di mano a Gigino per cinque bitcoin.
Ma il polipo non fu soffritto nella vodka. Spedito a Mosca con pacco celere 3, fu addestrato e, nel migliore degli stereotipi, divenne una grande stella circense.

di Jason R. Forbus

giovedì 11 gennaio 2018

#UnCanediCeramica

Caricò ogni cosa in macchina. Tutto, anche il cane di ceramica ereditato dalla nonna. La creatura lo osservava con gelido distacco, retaggio di antiche e nobili lucidature che mai avrebbe rivissuto in questa epoca minimalista.
“Hai preso tutta la tua merda?!” Come una furia, Simona. Gli avrebbe dato un calcio tu-sai-dove se solo ne fosse valsa la pena. Ma ritenendolo essenzialmente privo non si degnò nemmeno di sollevare l’alluce.
Mattia, che peccava di ingenuità dai tempi di Calciopoli, pensò trattarsi di una vera domanda e rispose: “Mancherebbe la trapunta di zia Concetta.”
Da qualche parte in Corea del Nord esplose l’ennesimo test nucleare. A Molfetta erano le quattro di mattina, e Simona avrebbe attaccato a lavorare alle 6, così si limitò a un più pragmatico “Levati dai cojoni.”
Sottinteso che tra i due quella ad avere i gingilli fosse proprio lei.
Mogio per l’addio alla trapunta di zia Concetta, quest’ultima famosa per essere fortunata a Tombola, Mattia salì in macchina. Non resistette alla tentazione di guardare nello specchietto retrovisore: forse per spezzare la tensione di quell’ultimo litigio, Simona lo salutò con un adorabile gioco da bambini caricando un fanculo a molla.
Partì. Avrebbe messo Perfect Day di Lou Reed se ne avesse capito di musica. L’alba del suo primo giorno da single dopo tre anni di convivenza fu invece salutato da ‘Pop Corn e Patatine’.
Nel bagagliaio, il vecchio cane di ceramica levò un lungo ululato.
di Jason R. Forbus

mercoledì 3 gennaio 2018

#ATeEFamiglia

Al ventunesimo “a te e famiglia” Simone visse un’epifania. Si allargò la cintura, lasciando traspirare la sua anima insieme alla frittura di pesce.
“10!”
Erano gli ultimi secondi dell’ultima notte dell’anno, e Silvio strillava il conto alla rovescia con quanto fiato avesse in gola.
“9!”
Accanto a lui Maria, in tiro, si univa a quel coro straziante in punta di piedi.
“8!”
Altri volti, ben più di dieci.
“7!”
Marco, quel maledetto alcolizzato, già pronto a stappare la bottiglia.
“6!”
Si sarebbe brindato all’anno che finiva, di merda, e a quello nuovo di merda che stava per iniziare. Qualcuno, preso dall’euforia, avrebbe rispolverato l’immancabile trenino.
“5!”
Tutti a incularsi e ad agitare il bacino stile anni ’80.
“4!”
Aveva ragione Manuel Agnelli. Non quello di oggi, quello prima di X-Factor.
“3!”
Marco posizionò meglio il pollice, coordinando ogni cellula cerebrale su quell’unico e futile atto.
“2!”
E pensare che il pollice opponibile ci ha reso i padroni del mondo.
“1!”
Bel traguardo del cazzo.
“Eeeeehhh!”
Un urlo collettivo, liberatorio. Frastuono, disordine. E il tappo di sughero che termina la sua esistenza dietro il frigorifero dove sarà ripescato solo dopo molti anni, molti secondi spesi ad aspettare la fine.
di Jason R. Forbus

mercoledì 27 dicembre 2017

#JackEIlBanano

Vi siete mai chiesti cosa si prova a essere un Banano?
Jack Noce-di-Cocco se lo domandava tutti i giorni. Da quando era stato incoronato Re dell’Isola di Stikazzih la sua vita aveva seguito una parabola discendente di rutti a mare, feste a briscola e partitelle in spiaggia con panini.
Avrebbe messo volentieri fine a tutto quel dispendio di energie; a quegli smaneggiamenti sghiscieschi e micio micio con le pupe che non portavano a nulla fuorché a porsi seri interrogativi sul perché.
Si fece eremita e per meditare scelse l’ombra di Piero, il Banano dell’isola e bagnino a tempo perso. Avrebbe atteso lì l’arrivo del formidabile 451.
di Jason R. Forbus

martedì 19 dicembre 2017

#HoSognatoDiEssereUnaTrota

E d’innamorarmi del famoso chitarrista giapponese, Akira Ozimoto.

Avevamo scambiato due chiacchiere in un bar la sera prima, un bicchiere di troppo ed eravamo finiti a letto.

Tra noi le cose non sono mai decollate. Io d’italica misura, lui giapponese squadrato: altro che pesce palla!

Un triste mattino prese il volo abboccando all’amo di un pescatore di Cosenza.

Tempo dopo mi spedì una cartolina: non se la passava affatto male. Lavorava in un Sushi-Bar, dove aveva tutta la soia che si potesse desiderare. E io, verde d’invidia.

di Jason R. Forbus
pubblicato su microtales.org

domenica 27 novembre 2016

Il Tramonto di Sebastiano

Napoli, 1 settembre 1764

La camera da letto giace nella penombra. Solo una lama di luce taglia il pavimento, avventurandosi ai piedi di uno scrittoio. Su di esso una montagnola di fogli, moltissimi scarabocchiati, feti di capolavori in paziente attesa.
Ma il creatore dorme e non accenna a svegliarsi. Stanco sotto il peso degli anni, in quel letto sempre più grande e ostile.
“Cavaliere, si svegli… Cavaliere…”
Una voce e una mano giungono a tormentarlo, obbligandolo ad aprire gli occhi: è Placido, l’esuberante allievo siciliano, con un piede nell’arte e l’altro nella Napoli che conta. Il ragazzo ha capito che l’artista non vive di soli quadri, ma di inchini, saluti e conoscenze. Quelle in grado di procurarti una commissione importante, come affrescare l’interno di una basilica, o ritrarre qualche nobile o…
“Cavaliere, Monsignor Mauri ha confermato l’appuntamento per quest’oggi. E la Duchessa di Parma, in visita dal Principe di Torre Annunziata, gradirebbe conoscerla. Credo per un ritratto. E poi c’è l’affare del Santuario di Pozzano, e…”
“Acqua”, riuscì a dire, inseguendo le parole come un’oasi nel deserto.
“Acqua” ripeté scioccamente Placido, poi uscì velocemente dalla stanza per rientrare l’istante dopo con una brocca piena e una coppa.
“Beva, Cavaliere, e perdoni se l’ho svegliata, ma i preparativi per tanti e nobili ospiti sono molti e...”
Con un gesto della mano, il maestro fece cenno che non importava, impossibile dire se si riferisse all’offesa del brusco risveglio o ai tanti e nobili ospiti che stavano per aggredire il suo giorno.
Prese la coppa che gli veniva offerta finendola in due lunghi sorsi, quindi invitò Placido a versargli altra acqua, e il suono cristallino del liquido gli parve la melodia più bella che avesse mai udito.

lunedì 19 settembre 2016

Fra le stelle

Avevo raggiunto la vetta. Dopo lunghi mesi di scalata, ce l’avevo finalmente fatta. Il momento a lungo sognato sulla Terra si era infine avverato. Stentavo a crederci, eppure ero lì, sulla cresta del Monte Olimpo.
Sotto di me, ovunque volgessi lo sguardo, c’era lui: immenso, alto tre volte l’Everest e con una superficie pari a quella dell’Italia, il vulcano si elevava dalla superficie marziana come un pianeta a sé stante, una penisola proiettata verso il gelido cosmo, più freddo, anche, dell’anidride carbonica ghiacciata che ne copriva la cima.
Non esultai subito. Osservai a lungo l’orizzonte, miracolosamente nitido quel giorno e sgombro dalle tempeste di sabbia che periodicamente squassano il Pianeta Rosso. Quindi, un po’ goffamente per via della tuta, sollevai le braccia in segno di trionfo. Nulla si mosse in quel mondo inanimato, e io mi sentii piuttosto ridicolo.
Durante quei mesi, non avevo fatto altro che confermare quanto una sfilza di robot prima di me aveva già scoperto, e in modo sicuramente più metodico e accurato, ovvero: fatta eccezione per qualche forma di vita microbiale, su Marte non c’era nulla per cui valesse la pena affrontare un viaggio così lungo.
Allora perché ero lì? Perché non c’è altro luogo dove andare, continuavo a ripetermi. Ben misera consolazione per uno che da bambino sognava di scoprire altre forme di vita intelligente, “di fare la storia”.
A proposito di storia.
Correva l’anno 2030. Surriscaldamento globale. Sovrappopolazione. Scarsità di risorse. Migrazioni di massa. Guerra, di un tipo mai visto prima, o forse visto già troppe volte.
In questo panorama desolante, le nazioni industrializzate preferivano spendere soldi per rinforzare i loro confini, contro cui si accalcavano milioni di profughi disperati. Come me, anche loro non avevano altro luogo dove andare...
Volgere lo sguardo alle stelle era diventato un lusso d’altri tempi. Il sistema solare più vicino, Alfa Centauri, distava “solo” 4,3 anni luce dalla Terra, ma la tecnologia necessaria per raggiungere quella velocità era di gran lunga più lontana.
Così si era deciso di mantenere la promessa fatta diversi anni prima, in un’epoca più ottimista: portare l’uomo su Marte. Volevano un nuovo Neil Armstrong, un nuovo sbarco sulla Luna. Chissà, forse avrebbe scoperto qualcosa di interessante, risollevando lo spirito della razza umana, elevandola verso nuove vette.
Fra tutti ero stato scelto io. Quoziente intellettivo superiore alla media, anche fra i miei colleghi, e fisico da atleta. Avevo trascorso gli ultimi dodici anni della mia vita preparandomi per quella missione. Avevo rinunciato ad avere una relazione stabile, trascurato le amicizie, perfino la mia famiglia. Credevo di essere un privilegiato. Solo in quel momento, in piedi sul punto più alto dell’intero sistema solare e assordato da quel silenzio straordinario, capii.
“Ho raggiunto la vetta dell’Olimpo alle ore 21:52 di Roma. Mattino incredibilmente terso.” Anni di preparazione, per dire una banalità? Non sapendo cos’altro dire, optai per il classico: “Houston, riesci a sentirmi?”.
Ma Houston non riusciva a sentirmi, questo lo sapevo bene. Il sistema di comunicazione che avrebbe dovuto tenermi in contatto con la Terra aveva smezzo di funzionare appena due giorni dopo il decollo. Avevo provato in tutti i modi, ma non c’era stato verso. Sulla Terra mi avevano probabilmente dato per spacciato. In effetti, era così. Senza le coordinate del campo base non sarei mai riuscito a impostare il viaggio di ritorno e, quindi, a tornare a casa.
“Possa la bandiera verde-blu del nostro pianeta sventolare in eterno sul Monte Olimpo.” Lo ammetto, non era proprio il massimo rispetto alle leggendarie parole di Armstrong, ma in fondo sono un’astronauta, mica un poeta. E in ogni caso, nessuno poteva sentirmi.
Non senza difficoltà, piantai l’asta in fibra di carbonio nello spesso strato di ghiaccio. Indietreggiai di qualche passo per osservarla bene, quindi mi guardai intorno, catturando diverse istantanee di quel paesaggio mozzafiato. E perché no, già che ci stavo mi scattai anche una foto con la bandiera alle spalle.
Avevo poco più di otto ore prima che l’ossigeno e la batteria del mio pressurizzatore si esaurissero. Un ultimo sguardo alla vetta, quindi mi incamminai nella direzione da cui ero venuto. Ero agli sgoccioli quando raggiunsi il mio KAR-97, il veicolo gommato su cui avrei percorso, alla mirabolante velocità di sei chilometri orari, il tragitto di ritorno verso l’astronave. Digitai il codice, lo stesso d’altronde che usavo sulla Terra per qualsiasi tipo di conto, e il portellone si aprì emettendo un rassicurante fischhh.
“Bentornato, Matteo,” mi salutò il computer di bordo, “Ti prego di confermare il tuo stato di salute fisica e mentale.”
“Sto bene,” risposi semplicemente, bloccando sul nascere la misura di emergenza che prevedeva l’avvio del pilota automatico. Che poi, se anche fossi impazzito di solitudine, glielo avrei forse detto?
Il tragitto di ritorno si rivelò più complicato del previsto. Un intero costone di roccia era venuto giù, bloccando parte dell’impervio sentiero che avevo percorso all’andata. Un altro imprevisto, piuttosto prevedibile a dire la verità, fu una colossale tempesta di sabbia che mi costrinse a parcheggiare il veicolo all’interno di una grotta.
Ci volle una settimana perché riuscissi a riprendere il viaggio. Per fortuna il generatore di ossigeno funzionava bene, e avevo ancora l’intera collezione dei film dei Fratelli Marx da vedere...
Trovai l’astronave esattamente dove l’avevo lasciata, ma parzialmente coperta da una duna di sabbia. Mi ci vollero due giorni per scavare tutta quella roba.
“Questo è un addio,” dissi a KAR-97 un attimo prima di uscire dal veicolo, non senza un pizzico di malinconia. La sua voce calma e pacata era stata la sola ad accompagnarmi in quei lunghi mesi di nulla.
“Addio, Matteo,” rispose il computer e poi, lasciandomi di stucco: “È stato un onore accompagnarti in questo viaggio.”
Quindi si spense, lasciandomi definitivamente solo. Raccolta l’attrezzatura, salii a bordo dell’astronave, liberandomi dell’ingombrante tuta spaziale. Preso posto nella cabina, iniziai il processo di accensione del velivolo, non prima però di essermi assicurato che tutto funzionasse a dovere. E fu allora che...
“Matteo - bzz - riesci a sentirci?”. Era Houston. Finalmente riuscivo a sentirli.
“Forte e chiaro, Houston. La missione è andata a buon fine”.
“Pensavamo - bzz - di averti perso! - bzz - Inviaci le tue coordinate”.
“Non sarà necessario. Vi sto trasmettendo le foto e il rapporto dettagliato della missione.”
“Non abbiamo - bzz - sentito bene - bzz. Inviaci le tue coordinate - bzz.”
Mi assicurai che il caricamento fosse completato, quindi interruppi la comunicazione. Ero stato solo per così tanto tempo, che  quella voce metallica adesso mi infastidiva.
In fin dei conti, tornare su un pianeta morente non era il massimo dell’ambizione. Calcolai che, con le pillole alimentari che avevo a disposizione, mi restavano ancora diciotto mesi di autonomia. Diciotto mesi durante i quali, se ero fortunato, mi sarei imbattuto in qualche asteroide. Ve lo immaginate? Primo uomo su Marte e su un asteroide senza nome. Lo avrei chiamato Hook, come il cane che avevo quand’ero piccolo.
Aprii il database del computer di bordo, selezionando “Luna” di Giovanni Allevi. Quindi, allacciate le cinte in grembo e alle ginocchia, avviai il velivolo. Il fragore del motore scosse il silenzio marziano. Poco più di un minuto ed ero già fuori dall’orbita del Pianeta Rosso.
Non sapevo dov’ero diretto e se mai ci sarei arrivato. La consapevolezza dell’ignoto investì la mia mente. Una sensazione quasi elettrica. Pensai che qualcosa di simile doveva averlo provato anche il mio lontano antenato preistorico. Il mio corpo e intelletto erano senz’altro più evoluti; potevo forse dire lo stesso del mio istinto?
Improvvisamente esausto, chiusi gli occhi, lasciandomi cullare dalle note del brano. Nel buio sconfinato dello spazio, mi addormentai. Felice come quand’ero bambino. Con le stelle a portata di sogno.


di Jason R. Forbus




domenica 18 ottobre 2015

Il tempo del sangue

Era il tempo del sangue e Jan lo sapeva. Se lo sentiva nelle ossa. In quelle sue vecchie ossa putrescenti. Non avrebbe rinunciato, lui, a saldare un debito.
In paese nessuno se l'aspettava. Che sarebbe ritornato e in quel modo, per giunta. Con il volto tumefatto e quel ghigno di denti gialli. Impossibile dire se ridesse.
Anche quando quei denti affondarono nel tenero collo del suo amico di un tempo, Herem. L'amico che aveva pensato bene di ucciderlo per poche monete d'oro e di incolpare il forestiero.
Sai che c'è di nuovo?
Che il forestiero non l'aveva presa poi così bene. Una preghiera alla dea teschio ed ecco Jan ritornato dalla morte. Senza alone di luce, trombe e pifferi del cazzo. Oh, no.
Jan era tornato affamato di giustizia. O affamato, punto.
E tanti cari saluti ai miscredenti.

Amanath Krea, amanath.
A te rendo queste anime.

Il forestiero rinfilò il medaglione a forma di teschio nella tunica. Un buon raccolto, questa luna.
La via per Mubunash era lunga e il suo pellegrinaggio verso le rovine del Monastero Giallo, irto di pericoli. Solo la fede lo avrebbe sorretto.

Amanath Krea, amanath.

Le nuvole si scostarono, rivelando una falce luminosa. Il forestiero sorrise. Un buon raccolto lo attendeva.

ispirato al gioco di ruolo / ambientazione gothic-fantasy La Notte Eterna

giovedì 1 ottobre 2015

Il Sogno della Madre

«Ho avvertito un tonfo, stanotte. È stato il rumore che ha fatto il mio cuore quando è precipitato dalle stelle. È affondato nel mare; l’ho sentito alla radio. Il suo nome era Hichem, ed era mio figlio.
«Vorrei raccontarvi la sua storia. Non la storia strappalacrime di un ragazzo partito per sfuggire alla fame, alla guerra, alla malattia. Senz’altro c’è stato anche questo, ma non solo. Perché quando sei giovane ragioni in modo strano e ti sembra che tutto sia possibile.
«Il patetico lasciamolo ad altri: mio figlio era un sognatore».

venerdì 4 luglio 2014

Verso un ignoto avvenire

(ambientazione La Notte Eterna)

Per tutta la vita ho affidato i miei passi alle stelle.
Il mio è stato un incedere incerto attraverso rotte insolite e sentieri tortuosi.
Perché le stelle inseguite dai miei occhi non sono fissate al cielo.
Sono meteore, frammenti di una guerra lontana.
Trovarne una può significare molte cose.
Fortuna, per pochi.
Sciagura, per molti.

Cos’è che inseguo?
Ricchezza?
Potere?
Gloria?
Nulla di tutto questo.

Potete credere che il vostro destino sia già scritto nelle stelle.
Io preferisco pensare che il destino ne sappia quanto noi.
Mortali, che osiamo bucare il cielo e invertire le regole degli dèi.

Noi, che abbiamo sempre una scelta, per quanto piccola, sul grande scacchiere della vita.
Fosse pure muovere un passo verso una meteora, verso un ignoto avvenire.


-         Taras Silidon, Cacciatore di Meteore

mercoledì 14 novembre 2012

One drop of my soul

Barricaded at home to keep out his memories, Ishgrad lit a cigarette that lasted long, but not long enough. Two, perhaps three spirits were already staring at him with the impudent look of someone who wants to drink and not pay. Evening had fallen.

“Alright, take one drop of my soul.”

During his life, Ishgrad had made several mistakes that were not mistakes at all, and for this reason, he had to pay every evening. He had lived with persistence, following his dreams until his legs and boots had given out. Even then, he had wooed the stars. But not anymore. Ishgrad was old—so old that he wanted to forget his travels and make room in his mind to welcome Death.

Knowing what to do, he took a knife and lightly cut his wrinkled skin, letting as many drops of blood fall into a chalice as the invisible spirits present in the room. In all, he poured three drops: no more, no less, for such was the rule.

When the sun set, spirits came knocking at his doorstep. Some he recognized, while others were ghosts abandoned by all but their pain, trying to break into that macabre party. That night, Ishgrad's house was visited by a friend who had passed away just before winter, a woman he had loved and wished goodbye to at the train station, and, guess what, a stranger.

To his friend, Ishgrad said, “We should have aged while remaining children, but they obliged us to age and become men.”

To his former lover, he said, “I said goodbye for I feared your beauty. And when the train left, I kept waving, still fearful of your eyes and kisses, until you vanished on the horizon.”

When it was the stranger’s turn, Ishgrad stood up and said, “You are late... but I expected nothing less from a respectful lady such as yourself. It’s only appropriate, I think, to offer you a full chalice and make a toast to life.”

The tinkling of glass echoed in the silence and, for a fleeting instant, dispelled his solitude. The fateful meeting had taken place, and it was time for the Moon to complete her circle around the Earth. By the time the Moon vanished from the sky, Ishgrad had reached that place where his steps could never have taken him.

And the Sun, oblivious to it all, dawned once again.

by Jason R. Forbus

martedì 13 novembre 2012

Un goccio dell'anima mia


Asserragliato in casa sua dai ricordi, Ishgrad si accese una sigaretta che durò a lungo, ma non abbastanza.
Due, forse tre spiriti già lo fissavano in quel modo sfrontato di chi vuol bere senza pagare. E lui capì che era giunta la sera.
“Sia, a voi un goccio della mia anima.”
Perché di sbagli che non furono sbagli Ishgrad ne aveva commessi tanti, e per questo gli toccava offrire ogni sera. Aveva, in breve, vissuto e l’aveva fatto con tenacia, inseguendo i suoi sogni finché le gambe e gli stivali gli avevano retto e, quando questi avevano ceduto, aveva comunque fatto la corte alle stelle.
Ma ora non più. Era vecchio, Ishgrad, così vecchio da voler dimenticare i suoi viaggi per sgombrare la testa e far spazio alla morte.
Così prese il coltello e, procuratosi un taglio sottile sulla pelle raggrinzita, riempì un calice con tante stille quanti erano gli ospiti, invisibili ma tangibili. Versò in tutto tre gocce: non una di più, non una di meno. Questa, sapete, era la regola.
Al tramontar del sole, infatti, venivano gli spiriti a bussare sull’uscio della sua porta. Alcuni li conosceva ma altri erano spiriti che, abbandonati da tutti fuorché dal proprio dolore, cercavano di intrufolarsi a quella macabra festa.
Quella notte, nella casa di Ishgrad c’era un amico scomparso poco prima che iniziasse l’inverno, una donna amata e salutata alla stazione dei treni e, guarda un po’, uno sconosciuto.
All’amico, Ishgrad disse: “Dovevamo invecchiare come bambini ma ci hanno obbligato a invecchiare da uomini.”
All’amata di un tempo, Ishgrad disse: “Ti salutai lì, sui gradini del treno, perché ebbi paura della tua bellezza. E dal finestrino continuai a salutarti, timoroso dei tuoi occhi e dei tuoi baci, finché sparisti all’orizzonte.”
Quando giunse il turno dello sconosciuto Ishgrad si levò in piedi e disse: “Sei in ritardo… ma si sa, le vere dame si fanno sempre aspettare. A te, non posso che offrire un calice intero e brindare alla vita…”
Il tintinnare dei calici echeggiò nel silenzio e, per un brevissimo istante, lo fece sentire meno solo. L'incontro si era compiuto, e alla Luna non rimase altro da fare che completare il proprio corso intorno alla Terra. Quando, ore dopo, scomparve dal cielo, Ishgrad aveva già raggiunto quel luogo dove i suoi passi non avrebbero potuto condurlo.
E il Sole, ignaro di tutto, albeggiò.

di Jason Ray Forbus

domenica 3 giugno 2012

The Little Theater of Dreams

For this little theater of dreams, you can only get a one-way ticket. In fact, it is not just a place, but the place. Aren’t we all actors and spectators of each other’s lives?

Let me introduce you to the prima donna, busy beautifying herself in front of a mirror that has never reflected her soul, nor ever will; the protagonist, who’s appeared only for a fleeting instant in the grand play of his life; the comedian, who laughs to forget, as if he were an alcoholic; the one who always dies, everyone’s friend; the walk-ons, ready to backstab you for the feeblest breeze of glory; and the ticket sellers, who’ve never bought a ticket for themselves.

But most important of all, let me introduce you to the cleaning man.

An old fellow, so frail and bent that he envies the proud rigidity of his faithful broom. When the curtains drop, that’s when he appears on stage. You can see him among the rows of seats, sweeping up thousands of emotions, thousands of words that we have thought, produced, consumed, and thrown away. Yet another day, yet another show.

The closet of the cleaning man is a sort of greenroom, packed with cloths, buckets, and black bags. There, in the quiet darkness of his life, he stirs all the scrap paper into a bucket before setting it on fire.

Suddenly, a strange light shines from the depths of the bucket, illuminating the wrinkled face of the old cleaning man. Only when silence reigns does true magic occur.

Now the words and emotions that were carelessly discarded by the crowd—each fragment of life—join with another: intertwining, separating, getting confused with a multitude of other lives. Some stories are born, others die amid the boos of the audience, but still, ladies and gentlemen, the show must go on.

When the sun shining in the depths of the bucket extinguishes its light, when the fire dies out, the cleaning man hangs up his worn uniform and walks out of the closet.

On his way back home, he returns to an infinitesimal reality of life. His tired eyes know this well.

In the night’s darkness, his heart is full of light.


by Jason R. Forbus


venerdì 1 giugno 2012

il Teatrino dei Sogni

Per questo teatrino dei sogni c'è un solo biglietto: l'andata. Perché più che un luogo è il luogo. Siamo o no teatranti e spettatori gli uni dell'esistenza altrui?


mercoledì 4 aprile 2012

Detroit, Highland Park

“Where were you? I’ve been searching for you all over the place.”
“I was here, Inspector. I’ve been here all along.”
“Good. Then you too must have noticed that the bartender waters down the whiskey with some damn tap water. Is nothing sacred in America?”
“I suppose some people like it that way, actually… if I may…”
“What? What is it, Mr. Wischmann?”
“Well, I must confess that I’m one of those people who waters down whiskey.”
“And why would you ever do something so stupid?”
“Because whiskey is too strong for me; it burns my mouth.”
“Bah! Young people nowadays—no spine, nobody has it anymore. When I was young, my buddies and I would swig two or three shots at once and hit the streets to catch some evil son of a bitch. Do you have children, Mr. Wischmann?”
“One. He turns 30 today.”
“Oh, right, I remember now: little Tommy! They grow up so damn fast, huh? And what does your son do for a living? I hope he hasn’t become a cop like us!”
“My son… he suffers from a serious mental disorder. He hasn’t been the same since Lisa died… He’s at a mental clinic in Sugar Hill. It’s been several years already. I wonder if they have birthday parties in a place like that?”
“Damn it, Wischmann, I had no idea.”

The two men fall silent for a few minutes. Then the Inspector offers him a glass filled with pure whiskey, memories, and tears. Wischmann grabs it and swigs it in one go, searching for that burning feeling—something to make him feel alive after all these years.

“What time is it, Wischmann?”
“My watch says it’s three o’clock. If I’m correct, you died exactly 28 years ago, Inspector.”

Wischmann leaves a twenty-dollar bill on the counter and stands up from the stool, walking toward the exit of the squalid bar where, many years before, an honest man was murdered amid everyone’s indifference. To hell with the bartender who looks at him funny, to hell with the asshole who shoulders him aside.

The door opens, and he’s met with the freezing wind of Detroit. It’s night, and despite everything, that’s called living.



by Jason R. Forbus